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El proceso de Kafka


"El proceso" es, junto a "La metamorfosis", el texto más famoso de Kafka. Su lectura es dura, compleja, porque el texto es oscuro, con muchos pasajes absurdos, pero resulta tan atractiva e inquietante que me ha enamorado. Sí, dicho así, quiero decir que no a todos gustará, alguno abandonará el libro.






Las líneas que siguen han intentado expresar mis impresiones sin mirar los numerosos estudios y artículos que sobre la obra de Kafka hay publicados. Había ya leído su "Metamorfosis" hace más de treinta años, una lectura gratificante para un estudiante que se abre a la literatura más allá de lo convencional. "El desaparecido" fue el siguiente contacto con Kafka, una novela incompleta, extraña, como todo lo que escribe y apasionante.


"El proceso" es otro texto que no terminó Kafka, nos ha llegado sin correcciones pero con el final bien definido. Josef K. es un apoderado de un banco que un día se despierta con la noticia de que está acusado y se ha iniciado un proceso contra él. Nunca sabrá de qué se le acusa y su vida, en libertad vigilada, se irá transformando por el peso de la justicia, ese poder abstracto omnipresente que acaba por convertir su día a día en una pesadilla, una obsesión persistente.

El inocente no está libre de sentir que aquello que dice y hace, puede parecer propio de un culpable (no hace falta que te lo señalen). Todos hemos podido experimentar este sentimiento en alguna ocasión y esto nos acerca al protagonista que, además, sabemos que es inocente. Pero esta aproximación a K. no está llena de empatía porque K. es un auténtico pusilánime: no reacciona en demasiadas ocasiones, se deja llevar (incluso en el brutal capítulo final) por la corriente de los acontecimientos y cuando reacciona lo hace de forma inapropiada, por torpes impulsos. Josef K. es un protagonista gris en una sociedad gris-oscuro.


Las escenas absurdas son desviaciones de lo verosímil con un sentido que, muchas veces, quedará en la mente del escritor y el lector no llegará a dilucidar. A pesar de ello, la forma de describir esas situaciones, la comicidad o el patetismo (según sea el momento) nos dejará un poso en nuestra memoria visual y experimental. La oscura sociedad que nos describe, con los retorcidos personajes que se mueven alrededor de K., es el contexto adecuado para esos pulsos absurdos que, como una paradoja, tendrán su sentido en este relato gótico-social-rococó. Se quedan cortos los adjetivos habituales.


La Justicia, como maquinaria opresiva, anónima, absurda en su frecuente sinsentido, fría como todo lo inanimado, puede con facilidad aplastar al individuo ajeno a su mecanismo. La habitual prosopopeya de la Ley con sus extrañas normas anula al individuo normal (desde el lenguaje de la documentación, los inhóspitos lugares y los confusos pasos del proceso) y su capacidad para entender qué le ocurre, qué le están diciendo, a dónde va a llegar. Esta situación real es convertida en un relato de pesadilla con unas tonalidades de exagerado color para convertirla en la pesadilla de las pesadillas.


No voy a deciros que existe equilibrio en este libro, en ningún sentido; no sólo no podemos esperarlo de un texto inconcluso y fragmentario sino tampoco de un relato lleno de absurdos, unos más cercanos a nuestro gusto y otros excesivos. Hay capítulos muy amenos, que se leen mejor, y otros que resultan más pesados, que requieren una lectura más pausada... pero la fuerza del conjunto es tan potente, las imágenes que graba en nuestra mente son tan perdurables, que esta novela forma parte de esos libros que son capaces de removerte y se convierten en una experiencia única y singular.



Editorial: Galaxia Guttenberg. Círculo de Lectores

En esta edición el orden de los "capítulos" es diferente a otras ediciones como la inicial que publicó Max Brod, el amigo de Kafka. Quedan al final unos fragmentos que completan algún aspecto del relato pero que no tienen un peso específico en el argumento.




APÉNDICE



Hasta aquí la crítica habitual.

Lo que sigue a continuación son comentarios de los capítulos de "El proceso", impresiones más específicas del libro que conllevan destripe argumental. Os puede servir como opiniones que podéis contrastar después de vuestra lectura. En mi caso como anotaciones personales.


En esta edición hay diez partes o "capítulos" y una serie de fragmentos cortos.


La novela empieza diciéndonos que Josef K. no es culpable de nada y alguien debe haberlo calumniado. Desde este punto de partida, todo lo que va a ocurrirle es injusto. Es más, Kafka nos dice (ironía) que vive en un Estado de Derecho, en paz y con respeto a las leyes.

El principio de cualquier relato es muy importante y en este queda claro el tono de todo el libro: absurdo y comicidad, ironía contemplativa a distancia corta para que no nos perdamos lo patético de la situación (y, a veces, del individuo).

Porque Josef K. estaba en la cama a la espera de que le entraran el desayuno de todas las mañanas (vive en una pensión) y se encuentra que aparece en su habitación un hombre vestido de oscuro que le informa que se ha iniciado un proceso contra él. Estará detenido pero podrá hacer su vida normal hasta que lo requieran. La situación es extraña: los dos guardianes que vienen a buscarlo mantienen una actitud amable, inquietante, con Josef K. y éste actúa de forma sumisa ante lo inesperado, su rebelión será una débil protesta. Esa amabilidad sospechosa de los extraños queda reforzada con la frase que le suelta uno de los guardianes "si sigue teniendo tanta suerte como con la designación de sus guardianes podrá tener motivos para confiar": el asunto pinta mal.

Como parte del engranaje de la Justicia y a un nivel inferior, los guardianes no saben nada de su acusación ni les importa, no cuestionan la Ley y, por ello, sospechan de toda persona que ha sido requerida por ella. Por contra, aún perteneciendo a esa incuestionable institución, no dudan en realizar pequeños abusos frente al individuo que ya no es libre (a diferencia de ellos) y se comen su desayuno, aunque dispuestos a traerle un pequeño desayuno del café de enfrente si les da dinero.

En la habitación de al lado, donde se aloja la Srta. Bürstner, el inspector entrevistará a K. El planteamiento de la escena resulta absurdo y cómico: la mesilla del dormitorio (¡con vela, cerillas, libro y acerico!) se utiliza como mesa para el proceso, hay una blusa colgada, tres individuos que cotillean unas fotografías de la Srta. Bürstner colgadas en la pared... Josef K. piensa al principio que puede ser una broma, aunque demasiado elaborada... El lector se encuentra con una situación absurda que le sorprende como al protagonista.

El diálogo con el inspector sigue siendo extraño, no aclara nada: "No puedo decirle en absoluto de qué se le acusa o, mejor dicho, no sé si se le acusa (sic). Está usted detenido, es verdad, pero no sé nada más." p.472. El papel del inspector no es pensar, sino actuar conforme a las funciones que le asignan. Eso no quita que no pueda dar un consejo/amenaza desde su posición superior frente al individuo detenido: "debe ser más comedido en su forma de hablar"... y K. tiene una de sus reacciones, uno de sus múltiples e inútiles impulsos que enseguida se agotan y pierden fuerza, sin utilidad práctica, tal y como iremos viendo.

A esta altura de la novela mis sospechas sobre el acusador anónimo recaen en la dueña de la pensión, la señora Grubach: se esconde cuando K. la ve por primera vez, a través de una puerta, tras el incidente; no le da la mano cuando K. la saluda; Kafka nos dice "En el vestíbulo, la señora Grubach, que no parecía sentirse muy culpable, abrió la puerta de la calle a todo el mundo" p.476. Más adelante nos enteramos que K. ha prestado una muy importante suma de dinero a la señora... Es mi interpretación, nunca se llega a saber quién es el calumniador.


En la segunda parte K. se queda ya solo, se vacía la habitación. K. entabla una conversación con la Sra. Grubach, quien calumnia la honradez de la Srta. Bürstner (otro dato más de sospecha) y K. la defiende con entusiasmo "conozco muy bien a esa señorita". En realidad, se trata de uno de sus impulsos absurdos ya que luego confiesa que no recuerda muy bien el aspecto de la señorita. No obstante, espera su regreso por la noche para contarle qué ha ocurrido en su habitación mientras ella no estaba. Ella, agotada, está medio dormida pero hace un esfuerzo por atender a K. Lo interrumpe para que vaya al grano "nunca escucho introducciones" (frase extraña y contundente que adoro) pero K. tiene la genial idea de representar todo lo que ha ocurrido: esta teatralización es una forma de relatar una realidad como si no lo fuera y, también, una forma de sacar el fantasma inquietante que lo ha aterrorizado. K. se va entusiasmando (nos figuramos la cara de la otra) y, en otra de sus salidas de tono, grita y llama la atención otro huésped... efectivamente, la reputación de la Srta. Bürstner se podrá cuestionar aunque será por culpa de K.; así que se le ocurre la peregrina idea de fingir que él ha asaltado a la señorita... En este momento pienso, como lector, que K. se merece lo que le ocurre por estúpido.


Tercera parte: "Primera investigación".

K. debe acudir a su primer interrogatorio un domingo, se dice que con la intención de no perturbar su trabajo profesional: extrañeza e ironía juntas, un absurdo que se justifica de este modo.

Josef K., como otros protagonistas de Kafka, es un personaje que no quiere molestar, prefiere equivocarse antes de preguntar, quiere pasar desapercibido y, además, carece de la valentía para afrontar hasta las situaciones más cotidianas. Así que no pregunta la hora de la citación y acude a la hora que piensa que puede ser.

El edificio es como podía imaginarse inicialmente: de grandes dimensiones, inhóspito, un laberinto de escaleras que dificulta el acceso a la sala del tribunal. Al pusilánime Josef K. se le ocurre preguntar por el carpintero Lanz en lugar de por el tribunal ¿por vergüenza a ser señalado? La absurda idea le permite entrar en todas las puertas del edificio...


El tribunal está abarrotado (a pesar de ser domingo y encontrar los alrededores vacíos). Un grupo a la derecha de K. enseguida aplaude las palabras que éste dirige al tribunal; en cambio, el grupo de la izquierda permanece silencioso y ahí dirigirá su atención para ganar su adhesión, porque serán más importantes por su discreción (lugar común). Pero este aparente pensamiento juicioso no se corresponde con su discurso agresivo: arremete contra el juez, al que califica de pintor de brocha gorda, contra el inspector, contra la arbitrariedad de la causa, llama banda corrupta a la gente de la asamblea... ¡llega a coger el cuaderno del juez! Se envalentona ante el público que lo escucha, sólo habla él (es humano que nuestro ego se crezca cuando somos escuchados y se pueda perder el norte, aunque en esta novela todo esté aumentado y distorsionado). La advertencia final del juez es irónica y absurda, conforme a la situación generada: "se ha privado de las ventajas del interrogatorio".


Cuarta parte: "En la sala de vistas vacía" y "Las oficinas".

Otra ocurrencia genial de Kafka es el motor inicial de este episodio: K. va al tribunal el siguiente domingo aunque no hay sido citado... En esta visita descubrirá más elementos de corrupción de la justicia: los libros de leyes contienen en realidad dibujos obscenos e historias inmorales.

Conoceremos a la mujer del ujier que es pretendida por el juez instructor, se acuesta con un estudiante y se ofrece a K. Aquí aparece uno de los aspectos más inesperados del autor en relación a sus pensamientos sobre la mujer: casi todas las mujeres que rodean al personaje son mujeres pecaminosas, seductoras, y el protagonista las rechaza con repugnancia y pavor. Es tan constante y exagerado este aspecto en la novela que me sugiere un problema del escritor con las mujeres.


Cuando decía en la crítica que algunas escenas absurdas nos pueden parecer exageradas, fuera de tono desde nuestro punto de vista, aquí hay una de ellas: el rapto de la mujer por el estudiante, que incluso la levanta con un brazo, y la pelea con K.

La descripción de la visita a las oficinas, acompañado por el ujier, nos muestra un lugar lúgubre, insano, sin ventilación, con gente desaliñada esperando en una sala. El apunte de Kafka sobre alguno de ellos nos dice que pertenecen a las clases altas pero presentaban un aire de vagabundos, desesperados pero pacientes. Un detalle más que nos reafirma el fatídico destino del protagonista, ni los poderosos se libran de la agonía de la espera, del peso de la ley.

Durante esta visita Josef K. tiene una actitud que pasa de la autoconfianza impuesta y retadora al más absoluto terror, el miedo a quedarse encerrado en ese lugar para siempre; se marea y tiene que ser asistido. Lo acompañan una muchacha y El Informador hasta la salida (siempre difícil de encontrar) y con el aire puro se recupera. De forma paradójica, ese aire exterior enferma a los dos personajes que enseguida vuelven adentro, al aire viciado de las oficinas, de la justicia: una gran ironía.


La quinta parte resulta intrascendente: El Flagelador azota a los dos guardianes ¡en el cuarto trastero del banco! K. fracasa al intentar liberarlos...


Sexta parte.

La introducción del personaje del tío, un pequeño terrateniente que se preocupa por el nombre de la familia, es fundamental para que, por fin, K. empiece a actuar de forma "eficaz" (ya sospechamos, y así lo veremos, que nada funciona en el aparato de la justicia, salvo su propia maquinaria mal engrasada): le aconseja acudir a un abogado conocido. La estupidez de K. llega al punto de sorprenderse de que pueda ser útil consultar con un abogado.

El tío es un elemento distendido de la novela, con varios toque humorísticos como la caracterización del personaje o la profusa lectura de una superflua carta (y la historia de los bombones).

Hay una contestación a las preguntas del tío que sorprende: "¿No será un proceso penal? Un proceso penal, respondió K." Nadie sabe de qué se acusa a K. y menos el propio encausado, por lo que esta respuesta no tiene sentido; puede ser fruto del agotamiento, por seguir la corriente a su tío.

Si sorprendía la escena del inspector haciendo las primeras preguntas a K., la situación que nos describe en las visitas al abogado es lo más variopinto y original de toda la obra. A tío y sobrino los recibe Leni que es la enfermera del abogado... porque este hombre está enfermo del corazón y no se levanta de la cama: está grave pero se anima cuando le exponen algo nuevo. Lo curioso e inquietante es que el abogado ya había oído hablar de su caso, aunque no sepa nada concreto del mismo (esas paradojas que le gustan tanto a Kafka). Si todo lo relacionado con el abogado puede interesar, el personaje de Leni - mujer - es desafortunado: la atracción entre K. y Leni es poco verosímil (dentro del disímil), mal te imaginas que Leni esté acariciando el pelo de K. mientras charlan con el abogado... y la realidad de que ella se acuesta con muchos clientes. Tampoco es creíble que ella diga que puede ser muy útil en el proceso de K. Lo único divertido de Leni es que ella provoca que K. deje plantados a todos en el dormitorio, abogado, tío y director de secretaría, perjudicando sus posibles influencias en su caso. El tío lo esperará fuera todo empapado por la lluvia.


En la séptima parte aparecerán, además del abogado, el fabricante y el pintor. Es la parte más larga de la novela (ya sabemos que estas divisiones son relativas).

Kafka critica la actividad de los abogados. Presentar a este abogado defensor desde la cama, enfermo pero activo (quizá todos están realmente enfermos y éste lo exterioriza, divago), es una buena tarjeta de presentación. Aquí ahonda en su trabajo inútil y, con el carácter absurdo del relato, nos deja claro que la primera solicitud, así llama al escrito que dirige el abogado al tribunal, no sirve de nada: no lo suele leer nadie y, lo más importante, al no saber cual es la acusación, es difícil que el contenido se ajuste a la misma. ¡Genial golpe! La conclusión final es que si el abogado defensor no tiene acceso a la acusación y no puede asistir al interrogatorio del acusado, su valor reside en sus relaciones personales con los funcionarios de la justicia (como la vida misma). Para acabar de tumbar la institución de los abogados, aunque estos son conscientes del mal funcionamiento sólo los ilusos acusados piensan en reformar el sistema ¡KO total!

A pesar de este genial capítulo, la parte que dedica Kafka a explicar el sistema judicial resulta excesiva, profusa y necesitada de una poda que quizá hubiera hecho antes de entregar la versión final... o no.


Cuando Josef K. decide visitar al pintor que retrata a jueces y puede ser una persona influyente en su proceso o, por lo menos, una fuente de datos sobre el mecanismo judicial, se encuentra con unas niñas en la escalera, una de ellas procaz (sic). Dice "Ni su juventud ni su defecto físico (jorobada) habían podido impedir que estuviera ya totalmente corrompida". Kafka tiene un problema con las mujeres, repito.

El pintor le explica las posibilidades para librarse de la condena: hay tres opciones pero ninguna muy buena, salvo la absolución auténtica que está sólo al alcance del inocente que, precisamente, no precisa ayuda (K. ya ha pedido ayuda a un abogado...).

El cuarto del pintor presenta una cama que está pegada a una segunda puerta que comunica con la sala de espera de los tribunales...


En la octava parte K. decide despedir al abogado y conoce a otro cliente, el comerciante Block. Este individuo ya lleva varios años con su proceso y ha contratado a varios abogados en secreto. Duerme en el cuarto de la criada adaptado para su estancia en la casa del abogado, para no perder ninguna cita, aunque a veces el abogado la anula sabiendo que está en su casa y el encuentro no llega a producirse.

K. quiere librarse del abogado y de Leni, al mismo tiempo que siente celos porque parece que Leni se acuesta con el comerciante.

La escena queda inconclusa; le comunica al abogado que lo despide y éste hace llamar al comerciante para demostrarle algo que no llegamos a saber, sólo somos testigos de cómo el abogado hunde psicológicamente a Block (cae exageradamente de rodillas) al decirle que un juez ve mal su asunto.


La novena parte la titula "En la catedral".

K. se ve obligado a acompañar a un cliente italiano del banco que quiere visitar la catedral en un día oscuro y lluvioso. Su proceso le absorbe su tiempo y en el banco va perdiendo clientes e influencia. A estas alturas del relato, Josef K. está desbordado, ha perdido el rumbo, siempre anda despistado, descuida su trabajo.

En el ambiente sombrío de la catedral, desde el púlpito, el sacerdote ¡de prisiones! interpela a K., el único que parece encontrarse en el lugar, y le suelta "¿sabes que tu proceso va mal?", "la sentencia no se dicta de repente: el proceso se convierte poco a poco en sentencia", una frase muy interesante para entender el aspecto evolutivo de la situación del personaje.

El sacerdote le cuenta una parábola que, como casi todas ellas, se presta a varias interpretaciones en sí misma y en relación a lo que está ocurriendo con K.


En la décima parte asistimos a la ejecución brutal de K. que se deja llevar por dos hombres que aparecen en su piso. Los débiles pensamientos de rebelión ceden ante su habitual actitud pusilánime, hombre gris de la sociedad que se deja llevar por los acontecimientos. Entre sus reflexiones quiero destacar estas curiosas preguntas que se hace: "¿Debo acabar como un hombre de escaso talento? ¿Dirán de mí que al principio del proceso quería terminar y que ahora, cuando llega a término, quiero empezar otra vez?" Así que permite la conclusión lógica de su proceso que es la condena: hombre congruente con el mecanismo que lo ha ido absorbiendo en su engranaje (ironía por mi parte).

Parece que debería haber más texto antes de este final que se presenta sin ninguna transición.



















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