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La historia del zoo


Coincidir dos textos de Edward Albee en la cartelera madrileña es un azar maravilloso. Si ¿Quién teme a Virginia Woolf? consiguió deslumbrarnos, La historia del zoo nos atrapa por ese extraño e inquietante encuentro de dos personajes y la gran interpretación de Carlos Martínez-Abarca.







Peter está leyendo apaciblemente en un banco del parque, en una tarde de domingo. Se le acerca un individuo, Jerry, nervioso, que dice venir del zoológico, donde ha sido testigo de algo sorprendente. Peter, es el típico burgués, casado, con dos niñas y dos periquitos, que intenta ser amable y seguir leyendo. Imposible. Jerry es una persona hiperactiva, verborreica, que no dejará de hacer preguntas sobre la vida de Peter e iniciará una especie de monólogo en el que dejará pocas oportunidades para intervenir. Se respira una cierta tensión entre los dos. Jerry, que vive en un barrio pobre, solitario, un excluido social, parece una persona que tiene ganas de contactar con otro ser humano pero al mismo tiempo empieza a mostrar rasgos de cierta inestabilidad.


El planteamiento de la obra de Albee nos atrapa al principio porque nos sentimos identificados con la situación, porque la hemos sufrido o es una pesadilla que ha pasado por nuestra cabeza. Buscar la tranquilidad y aparecer alguien que invade tu espacio, intentar mantener una barrera que sabes que el desconocido se la puede saltar. Pero el texto de Albee va mucho más allá. La situación realista deriva en situaciones que rozan lo inverosímil, aunque alejado del teatro del absurdo de Beckett o Ionescu. Son momentos que pueden ocurrir, por muy extraños que parezcan.


El texto mantiene un vivo interés gracias al diálogo tenso de sus personajes, la extrañeza de la situación, la personalidad de Jerry, la intriga de saber cómo va a acabar. Solo la larga escena del episodio del perro, que Jerry llega a escenificar, produce un cierto desinterés.

Como ocurre en todas las obras de Edward Albee el texto permite varios niveles de lectura y, más allá del enfrentamiento de dos personajes, nos encontramos, por ejemplo, con una crítica a los convencionalismos, un retrato de dos sociedades que conviven juntas y que habitualmente ignoramos, los límites de la confianza / desconfianza, la soledad del ser humano (aquí de los dos aunque no lo parezca en una primera mirada)...


Carlos Martínez-Abarca está brillante, se mueve por el escenario como un animal desatado, gestos y miradas inquietos. La dirección de José Carlos Plaza permite que ese dinamismo fluya con naturalidad en un entorno tan ajustado como un banco del parque. Javier Ruiz de Alegría tiene un personaje que, en la mayor parte de la función, es una réplica moderada a su contrario. La elección de ese aire y esos gestos tan británicos resulta algo empalagosa, rebuscada. Su interpretación es exquisita pero no estoy de acuerdo con esta elección interpretativa. Los dos actores consiguen que estemos pendientes de ese duelo dialéctico, duelo de mundos diferentes, personalidades contrapuestas.


Una función que hay que ver. Un dramaturgo que merece oportunidades como la que nos ofrece José Carlos Plaza. Una obra que nos obliga a reflexionar.

Texto: Edward Albee

Dirección: José Carlos Plaza

Intérpretes: Carlos Martínez-Abarca, Javier Ruiz de Alegría

Teatro: Lara 24 de enero a 4 de abril de 2018 (miércoles)

Duración: 75 minutos

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