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Un mes en el campo (1978) de J. L. Carr




Interesante novela en la que nos podemos dejar llevar por la atmósfera campestre y la sencilla historia del joven restaurador que cicatriza del horror de la guerra, a pesar de una narrativa plana que resplandece en pocas ocasiones.







Tom Birkin es un joven que acaba de regresar de la Gran Guerra, con el trauma psicológico de haber vivido la guerra de trincheras. En un día lluvioso, tras un viaje en tren, llega a un remoto pueblo del norte de Inglaterra con el objeto de restaurar un mural medieval en la iglesia. El pago por su trabajo apenas le permitirá subsistir pero la tranquilidad, el aislamiento del lugar, es lo que necesita.


Los personajes que aparecen en la novela tienen un trazo ligero, no van más allá. Carr prefiere describir el entorno a los personajes. La figura monolítica del adusto párroco se perfila sin evolución; la mujer del párroco, el más interesante de todos los personajes, una esposa infeliz y que atrae la mirada de Tom, tampoco adquiere la fuerza necesaria; la niña curiosa es un adorno; el buscador de la tumba de un antepasado es un compañero de soledades del que sabremos un detalle de su pasado que, pese a la importancia innata, quedará como una vana curiosidad... Tantas historias en potencia, personajes en bruto, que nos produce una gran insatisfacción. Lo más sensible estará en los retazos del pasado de la guerra.


El autor utiliza un lenguaje directo, nos cuenta los pensamientos y las sensaciones del protagonista con corrección, sin excesos y sin hálito, a veces con expresiones vulgares. Los diálogos suelen ser toscos, mal resueltos. A estas carencias de Carr se suman los toques de desenfado, de soso humor que intenta añadir a su novela.


Como decía antes, el autor prefiere hablarnos del entorno. Las descripciones de los detalles arquitectónicos de la iglesia y los pictóricos del mural son demasiado profusas y carecen de garra, son los típicos párrafos que deseas pasar por encima: algo muy grave cuando constituye una parte importante de la novela, ya que es el interés vital del protagonista que, al ser el narrador, debería saber transmitir.


La lectura de esta breve novela interesa mucho más por lo que sugiere, mejor dicho, por lo que imaginas a partir de lo narrado. Podría verse como una parábola del herido que sana gracias a la naturaleza, el descubrimiento de la belleza en el arte y el sentimiento de ser admitido en una comunidad. El descanso en el campo tras el infierno de la guerra.


Algún brillo entre la grisura narrativa del autor lo podemos encontrar en fugaces momentos de inspiración como la festiva y calurosa atmósfera del verano en el campo o el recuerdo del pasado que nos narra: "Si me hubiese quedado allí ¿habría sido feliz siempre? No, supongo que no. La gente se traslada, envejece, muere, y la luminosa creencia de que habrá alguna otra maravilla a la vuelta de cada esquina se desvanece. Es ahora o nunca; debemos agarrar la felicidad antes de que eche a volar."



"Un mes en el campo", para expresarlo con una frase sencilla, vulgar y clara, es una novela que se deja leer (y que se puede dejar).



Editorial: Tusquets

Páginas: 173




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